El nombre lo tomé de una antigua leyenda que mi abuela me contaba cuando era niño. Fue lo primero que pensé al ver a esta criatura deambulando cerca del campamento durante la madrugada.
La noche teñía toda la selva de sombras y matices azulescos. Y entre todas esas sombras, sus ojos rojo-amarillos comportándose como si de una lámpara de lava se tratase. Nunca quietos o enfocados, siempre en movimiento como si estuviesen conformados por alguna rara sustancia viscosa entre un líquido grasiento.
Aún no hemos podido estudiar a la criatura. Nos observa de lejos y desaparece con facilidad, pero al menos la hemos podido observar bien.
Sus manos poseen incontables dedos que cuelgan como gruesos cabellos. Ni siquiera sabemos de qué forma los ocupa.
Su extraña corona me hace imaginar orígenes místicos y habilidades peculiares. La complejidad de su arquitectura se ve pobremente reflejada en esta ilustración, comparada con el modelo real.
Admito el miedo, por supuesto. Aún conociendo tantas criaturas deformes y espeluznantes, el miedo jamás se vuelve una costumbre. Cada pesadilla esconde sus propios horrores y es imposible acostumbrarse a ellos. En esta criatura, el miedo comenzó a por mi estómago en el momento en que me fijé en su cráneo. Al principio no lo había notado...

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