Lapicera
negra sobre cartón.
Los
mundos son seres vivos. Tienen sangre, pulmones y hasta neuronas. Y sus almas
están hechas de un sacrificio elemental.
La criatura es un ser inocente cuyo corazón no late. Sus venas no tienen sangre
y el mundo antes del mundo no es más que un lugar frío que no conoce el frío o
la noche. La criatura está condenada a morir sintiendo, transformando sus
emociones en guías para el desarrollo del planeta, pues son estas emociones las
que aumentan las probabilidades de vida y desarrollo.
En el dibujo, el monje, un viajero de otra dimensión que logró el desapego
absoluto a través de la meditación, le da una flor, activando el propósito del
ser elemental. Así es como, al activarse, el ser llora. El mundo se activa, los
ríos de lava explotan y las estrellas emergen. Así, el ser elemental morirá
entre el caos, uniendo sus emociones al núcleo del plan, influyendo en el
desarrollo del mismo y de toda la vida que albergará en el futuro.

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